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Regresando a nuestras raíces

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Cuando emigramos nunca nos vamos del todo, una parte de nosotros queda en cada lugar donde decidimos poner nuestros sueños e ilusiones. Cada persona, cada ciudad, cada país con el que tenemos contacto, toma algo de nosotros e inevitablemente nosotros tomamos algo de ellos.

Queramos o no, los hábitos, las tradiciones y costumbres, incluso nuestra forma de ver la vida son el resultado de esa diversidad que integra lo que somos. Cuando decidimos emigrar, no sabemos a ciencia cierta a lo que nos enfrentamos, puede que tengamos una idea, con base en las experiencias de amigos o conocidos, pero al final cada experiencia es única.

No importa cuántas historias escuchemos, ni a cuantas personas les preguntemos sobre cómo fue su vivencia al dejar su país. Solo al irte, te darás cuenta de lo difícil que es dejar tu tierra; aunque tengas muchos o pocos afectos, aunque te vayas solo o con tu familia, inevitablemente, el sentimiento de dejar atrás todo lo que conoces sin saber cuándo volverás, es algo que no todas las personas logran sobrellevar.

No obstante, existe un sentimiento similar, pero opuesto, que es de igual forma bastante fuerte: regresar a tus raíces. Cuando emigramos, sin importar el tiempo que haya pasado siempre añoramos el día en que podamos volver a nuestro país, a disfrutar la comida, a recorrer sus calles, a compartir con los amigos que dejamos.

Tal vez solo al volver, entendemos la magnitud de lo que hemos dejado. Volver a recorrer las calles donde crecimos, donde exploramos, aquellos lugares que un día llamamos hogar, es una sensación indescriptible, llena de alegría y nostalgia. Un sabor agridulce que embarga el corazón y que mueve los sentimientos más profundos de nuestro ser.

La parte más dura del viaje de retorno, es darnos cuenta de que ya nada es igual. No importa si llevabas un mes, un año o una década sin volver, inevitablemente las cosas habrán cambiado. Las calles ya no serán iguales, los paisajes serán diferentes, las personas probablemente ya no estén en los mismos lugares. La vida ha seguido su curso y lo que añoramos, ya no es más que un recuerdo.

Sin embargo, tú tampoco eres el mismo que se fue, has crecido, has cambiado y has abierto tu mente a nuevas perspectivas. La emigración y los viajes en general, tienen una particular y maravillosa habilidad para liberarnos de los prejuicios y hacernos entender que todos somos diferentes, y que el mundo no es tan grande como pensamos, al final todos compartimos una esencia similar. Nos hacemos ciudadanos del mundo y es allí que empezamos a vivir sin límites.

Regresar a tus raíces después de haber pasado algún tiempo en otro lugar, puede ser una experiencia renovadora. Aunque las cosas ya no sean las mismas que dejaste, tienes la oportunidad de experimentar nuevamente el lugar que llamaste hogar, con una nueva visión, tal vez más crítica, tal vez más respetuosa.

Toma esta experiencia, como una oportunidad de reencontrarte con tus raíces, valorando cada detalle, cada paisaje, cada muestra cultural. Eso que antes pudo pasar desapercibido para ti, la historia, la cultura, las tradiciones, pueden ser ahora una oportunidad de sentirte orgulloso de tus orígenes. Vive, disfruta y sé feliz, al final cuando tengas que partir de nuevo, llevarás una maleta llena de nuevos recuerdos, nuevas historias y todo el orgullo de ser un ciudadano del mundo.

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